Una acepción secundaria de la palabra infierno es el armario cerrado donde se guardan los libros prohibidos. Como todas- las bibliotecas históricas, la del Castillo de Peralada tiene su infierno: un pequeño armario bajo, discreto, colocado debajo de los cedularios. Contiene cerca de cien volúmenes, más un cuadro de inicios del siglo XIX con impresiones de entallas eróticas romanas. Se trata, eviden-temente, de una muy pequeña colección si la comparamos con la biblioteca gene-ral de 80.000 volúmenes. Fue for-mada principalmente por Miguel Mateu, aun-que seguramente con algunos ejemplares preexistentes de los Condes de Pera-lada. La apertura del “infierno” era siempre un acto solemne, reservado, que se dedi-caba a unos pocos visitantes de confianza.
Nuestro infierno se compone exclusiva-mente de material erótico. Los otro libros prohibidos estaban en la sala general; los incluidos en el “índice” eclesiástico tenían dispensa librada por el obispado de Gi-rona. Los prohibidos políticos no tenían restricción, debido a la gran influencia personal del Sr. Mateu: iban desde algunos escritos de Salvador Dalí (censu-rados en España y obsequiados direc-tamente por el artista) hasta la literatura de los exiliados republicanos.
El infierno de nuestra biblioteca es pues erótico y pornográfico y constituye un valioso testimonio temporal -de mediados del siglo XX- de lo admisible e inad-misible en materia de moral sexual pública.
Estos tabúes son siempre fluctuantes según el lugar y la época y hoy una buena parte del material no tendría clasificación especial; así las Mil y Una Noches o las Memo-rias de Casanova. No obstante, en los siglos XIX y XX la bibliografía erótica tenía unos cauces bien establecidos: ediciones especiales cuidadas, sin indicar la imprenta, ilustradas, con buenas encua-dernaciones. Iban destinadas a los gabi-netes masculinos, cerrados al resto de la família. No sólo las ediciones eran espe-ciales: algunos autores estaban especia-lizados (en París, por ejemplo, Pierre Louÿs) y se recuperaron en edi-ciones repetidas algunos textos anteriores de autores grecorromanos, de Pietro Aretino, etc. Es cierto que los ejemplares más raros y valiosos eran los de literatura libertina del siglo XVIII, de los que hay algún ejemplar en nuestra colec-ción. También contamos con otra bibliografía erótica apreciada en la Europa ocho-centista; la de países exóticos: costumbres sexuales asiáticas, fotos de desnudos árabes, etc.
Hoy en día algunos de estos volúmenes mantienen su fuerza; otros han adquirido un tono candoroso totalmente superado por las imágenes usuales proporcionadas por los medios.
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